Abyss Borboa Olivera
SABER VOLAR
Recordando a Oliverio Girondo
en su terquedad por querer volar
El niño, como caso insólito, había nacido con dos babosas y ligeras alas untadas a la espalda. Cuando el médico lo vio, lo examinó, quiso despegarlas despacio de su espalda y el niño sangró. Prefirió dejarlas como estaban.
A los padres, que no entendían qué sucedía con la criatura, el médico les dio una explicación con vocabulario muy rebuscado enredándose él mismo por no dar razón de lo que acontecía. En verdad ni él mismo lo sabía.
Los papás se lo llevaron a casa, de vez en vez, la mamá asombrada y confundida miraba su espalda y tocaba con miedo esas alas babosas untadas al cuerpecito.
Llegó el día en el que el niño comenzó a moverlas y abrirlas poco a poco, la lubricación de sus alas se fue secando y fueron apareciendo cristalinas, transparentes antes los ojos de los demás. Parecían alas de abeja. Al parecer el niño no se daba cuenta de lo que pasaba en su espalda; siempre que sentía moverse algo preguntaba a la madre y ésta lo distraía con cuentos. El padre desde aquella noche en el hospital había desconfiado de la mujer y entre tanta ignorancia un compadre le dijo que, seguro el día que estaban concibiendo a la criatura alguna mosca o abeja se le había metido a la mujer.
Nomás de pensar eso el hombre le tenía asco a su esposa, desde entonces ni una caricia, ni una palabra amable, ni un manotazo en la espalda como antes. Al niño lo consentía en todo, pero cuando éste comenzaba a hacer sonidos raros con las alas como un zumbido estridente, el padre salía corriendo asustado derecho a la cantina a buscar alivio en el alcohol, -sino lo cura lo olvida- decía el hombre mientras se embriagaba.
El cura del pueblo decía que era castigo de dios, que era el demonio mismo encarnado en la criatura que debían ofrecerlo a dios matándolo.
El alcalde, hombre sin estudios pero con ganas de chingar a la gente, incitaba al padre para que pusieran al niño en exhibición y cobraran, parte del dinero sería para él como representante y parte para la familia.
Don Abel, el curandero del pueblo, siempre que veía al niño, se santiguaba pensando en él como un nuevo santo.
La abuela que estaba loca, desquiciada desde que el abuelo huyó con una chivita, dijo un día mientras se mecía en el porche: -ese niño es abeja y va cagar miel un día.-
Llegando cerca de los 15 años, el niño un día, desnudo frente al espejo comenzó a contemplar su cuerpo, lo inspeccionó de pies a cabeza; sintió su piel rara que no era como los demás, fue tocando parte por parte su cuerpo, y cuando llegó a las partes privadas, que, por verijas le llamaba la madre, detrás de él aparecieron un par de alas grandes transparentes, éste al verlas en el reflejo del espejo se asustó y salió corriendo a esconderse en el armario de su cuarto. Ahí se quedó días encerrado. Al cabo de un tiempo salió triste pero como era el comienzo de la primavera se le iluminó la vida al ver el sol creciente sobre el campo. Olvidó el incidente y jamás quiso saber nada al respecto.
Las niñas se cuchicheaban cuando lo veían pasar cerca y murmuraban cosas que le molestaban. Los años fueron pasando y de pronto como ráfaga de muerte murió la abuela, la madre, el padre y hasta el médico que le había visto nacer.
Él creció y llegó a ser un joven muy varonil, guapo y descubrió que con el placer hirviendo en la piel las alas untadas a la espalda se abrían y tomaban un color refinado y exquisito. Descubrió también que al llegar al orgasmo estas alas se abrían y aleteaban con fuerza elevando el vuelo; comprendió entonces que hacer el amor es como volar, disfrutar de la libertad del tiempo, del espacio, del momento…
No siempre esas alas se desplegaban cada vez que tenía encuentros placenteros carnales con alguna mujer o algún hombre, las alas sólo se abrían cuando la otra persona también sabía volar
Razón nunca quiso saber sobre sus alas, si estaban ahí era por algo, la gente del pueblo dejó de tenerle miedo y cada noche filas largas de gente acudían a él para saber quién sabía volar y quién no.
Claro, como en toda historia siempre un antagonista de por medio, en este caso la puta del pueblo, que sentía que ahora buscaban en él el placer y ya no en ella. Ella cobraba, él lo hacía por ego, por ver crecer las alas grandes, enormes al llegar al orgasmo, a la muerte pequeña. Fue entonces cuando mujer más perversa en el mundo no pudo encontrarse y se colocó entre la fila aquella esperando su turno. La muy desgraciada llegando el momento y al ver como crecían esas alas hermosas sobre la espalda de ese cuerpo tan perfectamente desnudo frente a ella, sacó de no se sabe dónde, una navaja y las cortó mientras él entre su volar orgásmico cerraba los ojos. Una. Dos. Las alas cayeron al suelo sucio.
Todo fue tan rápido que cuando las vio en el piso él no entendió la escena, pero era ella quién le había hecho volar tan alto. Triste bajó de la cama, se sentó sobre el suelo, cruzó las piernas y entre las manos lloró sus alas, mientras que ella con una sonrisa en la cara se vestía agradeciendo el numerito montado. Sintió lástima por él, porque algo dentro de ella había sido distinto, había olvidado, como memoria perdida, el orgasmo que tuvo con él. De ella no supo más él. La dejó ir, apagó la luz y entre sollozos se encerró triste por varios meses.
Un buen día cuando menos imaginó las alas crecieron de nuevo y se dedicó ahora a encontrar a la persona ideal para volar juntos.
El desfilar de gente se reanudó, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, no había en ese pueblo un ápice de temor o de prejuicio, volar era volar, hacer el amor era volar.
La puta al enterarse del regreso de las alas volvió a pedir lugar en la fila y al llegar al él, sin tocarla siquiera sus alas se desprendieron, él desnudo como estaba tirado en la cama se levantó en vuelo, ella a verlo se sorprendió, era tan especial esa hermosura de imagen que se quedó pasmada, él la tomó de la cintura, su deseo creció, virilidad se irguió, el placer lo llenó con 7 pecados capitales y uno más, recorrió su piel untada a él, la de ella, y la fue elevando con él saliendo de la casa. La gente se quedó atónita al verlos sobre el cielo, fue una escena que provocó al pueblo entero una sensación sublime por el placer.
Habiendo cumplido él su satisfacción más plena y una vez sin aguijón partió a la mujer en mil pedazos dejándolos caer como alguna vez cayeron sus alas:
-No les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.-
VENTANAS DE LA TARDE
A Ivonne que me enseñó que el sol niega
su calor a las cinco de la tarde.
Cuando apenas comenzaba el trajín de la gente de ida a sus trabajos; en su casa, sonó la alarma del reloj. Con sumo cuidado buscó a tientas el botón para apagarlo y lo hizo, interrumpió aquel ruido discontinuo lastimero de las alarmas. Volvió al sueño incompleto y antes de seguir su hazaña, de nuevo el segundo aviso de alarma; esta vez buscó con cierto coraje el botón y oprimió como esperando que jamás sonara más. Sin poder conciliar el sueño de nuevo, se puso bocarriba viendo en el techo las sombras y siluetas de gente que pasaba en la calle cerca de su ventana. Era día de trabajo y a duras penas, con llena de sinfuerzas tenía que levantarse y cumplir con ello. Harta de cada día lo mismo de siempre, se levantó queriéndole ganar a la tercera alarma del reloj. Buscó entre lo oscuro y la penumbra el rastro que la llevaba a la cocina para prender el calentador. Regresó con los pies arrastrando sobre el piso recogiendo las últimas ganas que habían quedado ahí hace meses, entreveradas en la loseta del piso frío. Regresó a la cama y se volvió a acostar.
Cuando creyó escuchar un pequeño ruido imaginario que se interpretaba como si fuera un aviso de estar el agua caliente se paró de la cama, buscó la primera toalla que tenía a la mano y se metió a bañar.
Al salir de la regadera desdibujó la imagen vaporosa de su rostro con la mano derecha y dejó escurrir el agua que se había acumulado por los vapores del agua caliente en el espejo. Vio una vez ese rostro que ya no le parecía el mismo, sabía que había cambiado pero decidió cambiar de imagen, se puso de espalda contra el espejo mientras se puso la ropa interior. Salió del baño, buscó su frasco exquisito de crema para el cuerpo y tras unos segundos de subir bajar la manivela del frasco untó sobre ese cuerpo sin recuerdos aquel bálsamo espeso, fresco que le cubría una vida pasada.
Se vistió con lo primero que sacó del armario sin ver ni pensar en la combinación ni en el ánimo del día, ese era su día, esos eran sus días, días sin ánimo.
Antes de enfrentar la faena de la gente en las calles que corren a un mismo paso con premura y desesperación, lo mismo que con enfado y rutina gastada, entró a la cocina y se preparó un té doble de flor de azar. Se sentó frente a la ventana del comedor viendo pasar a la gente mientras el agua gritaba estaba lista. Pensó, o al menos quiso pensar en mil cosas y terminó pensando en una: la nada. La mente en blanco.
Sirvió delicadamente el té sobre la taza grande y agregó dos cucharadas de miel de abeja meneando la cuchara muy levemente como si hubiera tiempo aún. En dos, tres, cinco sorbos bebió el té y salió de casa echando un vistazo a su bolso esperando que no le faltara nada. Tras bajar los cuatro pisos de escaleras que todos los días recorría, los fue contando como siempre lo hacía hasta llegar al portón que daba al gran escenario de ese teatro reglamentario.
Las mañanas eran eternas, los medios días tediosos, las tardes nostálgicas y las noches nefastas. Llegó a casa como cada día, puntual, a las 3 30 de la tarde. Introdujo la llave en la puerta esperando encontrar siempre una sorpresa detrás de abrir como en esos juegos donde tienes la oportunidad de elegir entre tres puertas y descubrir lo que hay ahí para ti, pero sólo estaba ella, que se paseaba por la casa entre los libros sepultados en el piso hacía ya meses, las sillas sucias y la mesa llena de papeles sin sentido.
Cerró la puerta, fue a la cocina y bebió un vaso con agua que sacaba del refrigerador. Fue a la recamara y encontró la cama revuelta con las cobijas batidas como cada día y las dejó igual, le daba flojera tender la cama si al cabo de unas horas la destendería para dormir.
Después se repetir los mismos movimientos, los mismos suspiros, las mismas canciones sobre el estéreo se sentó a la ventana que deba a la calle para ver pasar la gente mientras tomaba un café cargado esspreso. Pensó en lo mismo que quiso pensar en la mañana pero prefirió evadirse. Pensar es una forma aristocrática de los intelectuales, una cuestión burguesa. Si uno no pensara no cambiaría la vida tantas y tantas veces. Tomó la misma novela que hacía meses no terminaba, apenas comenzaba a leer y se iba a su propia novela de la vida, y se cuestionaba en silencio qué habría sucedido si…
A las cinco en punto, no a las cinco con cinco minutos ni con diez ni con dos, sino en punto, cerró las ventanas que había abierto al llegar de la calle.
-El calor se guarda en casa a las 5 de la tarde, si uno se espera un minuto más, el frío arrebata al calor. Es como la ropa que dejas secar al sol, si la dejas después de que éste se oculta la ropa se vuelve a mojar y hay que dejarla otro día y esperar de nuevo a que se seque.- decía siempre que algún fantasma le preguntaba por qué lo hacía cuando el calor del día estaba como baño sauna en la sala, el comedor, la recamara, el baño o en la cocina.
Es curioso verle todos los días en la ventana, salir, entrar a casa. Verle pasar por las aceras de calles cercanas evadiendo una idea y siempre viendo el reloj, como esperando que la alarma suene de nuevo a cualquier hora y le traiga buenas sorpresas detrás de esa puerta que siempre abre y en donde sólo encuentra su reflejo escurrido en cada espejo nublado.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario